Memoria e impunidad en Tocopilla

  • El investigador Damir Galaz-Mandakovic rescató del olvido judicial los expedientes de dos niñas asesinadas a mediados de los ochenta. Su nuevo libro expone cómo el sesgo de clase y la impunidad dictatorial protegieron al principal sospechoso.

El viento de la tarde levanta polvo en el sector de Cerro Alegre. Abajo, el mar golpea sin pausa las rocas del puerto. Entre la Cordillera de la Costa y el océano, en esos pocos cientos de metros, Tocopilla guarda heridas abiertas que la humedad del mar nunca ha logrado cerrar. A mediados de la década de los ochenta, esta ciudad se paralizó por el horror.

En octubre de 1984, Claudia Andrea González Díaz, de apenas siete años, desapareció desde el patio de la escuela D-7 ‘Carlos Condell de la Haza’ mientras su madre realizaba un trámite en la dirección. Fueron solo minutos. Su cuerpo, con evidentes signos de violencia, apareció al día siguiente en los faldeos de Cerro Alegre.

Menos de dos años después, en junio de 1986, María Filomena Mercado Rojas, de nueve años, desapareció tras salir a mirar un baile religioso a un par de cuadras de su casa, en las cercanías de la escuela E-10 ‘Bernardo O’Higgins’. Su hermano mayor la vio alejarse comiendo una manzana. Esa fue la última imagen de ella con vida. Al día siguiente, vecinos la encontraron en los socavones de Las Ripieras, una cantera abandonada donde el silencio pesa como plomo. Al igual que Claudia Andrea, el cuerpo de María Filomena presentaba signos de violencia.

Frente a esta tragedia que marcó al puerto, el historiador tocopillano, Dr. Damir Galaz-Mandakovic, expresa sin titubear: “Escribir este libro ahora es una necesidad de justicia histórica y un compromiso ético con las víctimas y sus familias”.

Psicosis social

La muerte no llegó a estas niñas por un accidente del destino. Al revisar los expedientes judiciales, la cadencia de aquellas tardes de desaparición hiela la sangre. Los barrios perdieron de golpe la felicidad y risas infantiles. Los pasajes, antes llenos de niñas y niños jugando, se transformaron en desiertos urbanos. El miedo se olía en el Puerto Salitrero. Andar por las calles era un peligro. “En el libro hablo incluso de una psicosis social, porque el miedo se instaló de manera persistente. Pero lo más importante es que ese impacto no terminó ahí: se transformó en trauma intergeneracional”, relata el historiador.

Ambos crímenes compartieron un cálculo de extrema frialdad: secuestro bajo engaño, agresión sexual, asfixia y un uso desproporcionado de la fuerza mediante grandes piedras.

A lo anterior se suma que el victimario actuó con una precisión de manual. Según los expedientes, evitó dejar rastros biológicos en las escenas, evidenciando un conocimiento forense inusual para un criminal común. Frente a esta barbarie sistemática, el aparato judicial y policial levantó un muro de hermetismo. La mudez fue la tónica en esos años donde las garras de la dictadura de Pinochet aún se extendían por Chile.

Archivos rescatados

En su biblioteca, Galaz-Mandakovic tiene sobre la mesa copias de los documentos que sustentan su libro ‘Claudia Andrea y María Filomena. Una historia de sadismo, conmoción popular e impunidad criminal en Tocopilla (1984-1990)’. Pasa las hojas con lentitud. Su mirada cambia cuando lee en voz alta los fallos de la época.

“La justicia operó con un sesgo de clase brutal”, dice, cerrando la frase con un golpe sobre la mesa. “A las familias de las niñas y a todo Tocopilla se les negó la verdad”. Los archivos permanecieron extraviados por casi cuatro décadas en bodegas. Al recuperarlos, el historiador encontró páginas escritas a máquina donde el dolor ajeno se despachaba con un léxico apático. En el primer caso, el tribunal autorizó el levantamiento del cadáver sin resguardar la escena, perdiendo evidencia clave desde el primer minuto.

Para el autor, desenterrar estos papeles es un acto de resistencia: “Esos expedientes eran piezas para comprender la impunidad. Al volver a ponerlos en circulación, lo que se hace es reabrir preguntas que el sistema intentó cerrar y devolverles a esos documentos su dimensión histórica, política y ética”.

Paranoia

Para comprender cómo esos expedientes terminaron “extraviados”, es necesario entender el Tocopilla que respiraban esas niñas. La ciudad y todo Chile enfrentaban una dura crisis económica y el rigor del toque de queda, ya que las revueltas populares contra el régimen eran cada vez más frecuentes.

El clima social se llenó de paranoia. “Había conmoción profunda, miedo y quiebre del sentido de seguridad. Tocopilla era una ciudad donde existía una cierta idea de comunidad tranquila y estos crímenes la destruyeron”, explica el investigador asociado de la Universidad Bernardo O’Higgins.

Las poblaciones perdieron el sonido de los niños. El ruido constante de la termoeléctrica y el ajetreo del puerto contrastaban con el silencio de los barrios apenas se escondía el sol. Los padres encerraron a sus hijos, mientras el miedo tomaba una forma física: un auto rojo que rondaba en la penumbra de la humedad costera.

Vecinas y vecinos marcharon por la Av. 18 de Septiembre exigiendo justicia. | Archivo

Represión

La población, hastiada de la ineficacia, decidió actuar. En junio de 1986, cientos de mujeres y niños marcharon exigiendo un Ministro en Visita para investigar a fondo.

La tensión estalló cuando, en una manifestación, un oficial de Carabineros arrojó una piedra contra una pobladora, lo que desató un enfrentamiento en el que la policía utilizó una cantidad excesiva de bombas lacrimógenas, afectando incluso a profesoras y niños/as que se encontraban dentro de la escuela E-10.

La reacción contra los manifestantes fue implacable: incluso hubo disparos. Un poblador, que nada tenía que ver con la protesta, resultó herido de bala. Lejos de retroceder, el gobernador César Urrutia León justificó el uso de la fuerza y solicitó censurar a la prensa, ya que sus titulares “generaban alarma pública y alentaban a la población a protestar contra Carabineros y la Policía de Investigaciones”.

Antes de esa mordaza judicial, los diarios jugaron un rol distractor. Galaz-Mandakovic advierte que “la prensa local no solo fue sensacionalista, sino que actuó como un distractor, desviando la atención de los responsables hacia figuras marginales o explicaciones esotéricas”. Se instaló una cortina de humo con supuestos videntes como el ‘brujo Anticoy’ para proteger al verdadero responsable.

Auto rojo

Y el responsable de esta pesadilla tenía motor y volante. El famoso automóvil rojo cruzó la historia de Tocopilla como un fantasma de impunidad. Los testimonios apuntaban al conductor de un Volkswagen Amazon de ese color, equipado con una antena de telecomunicaciones, que transitaba por Tocopilla, sobre todo por la avenida 21 de Mayo.

Este individuo se alojaba en un hotel del centro, cercano al Mercado Municipal, y exhibía un comportamiento errático en las noches en que sucedieron los crímenes. El recepcionista del hotel declaró que esa madrugada el hombre llegó a las 02:20 horas “en forma muy apresurada sin decir nada”, lo cual era inusual, “ya que siempre llegaba antes de la una de la madrugada”.

Testigos lo vieron al día siguiente del asesinato lavando su vehículo con inusual y desesperado esmero, buscando borrar lo imborrable. Sin embargo, también se sentía protegido, ya que gozaba de redes de contacto al más alto nivel del aparataje dictatorial.

“Aquí es donde opera la justicia de esos años”, detalla el investigador. El sospechoso tenía dinero, influencias y un escudo institucional. Por el contrario, las víctimas pertenecían a familias vulnerables, sin recursos ni contactos en las altas esferas. La balanza judicial nació desfavorablemente inclinada para Claudia Andrea y María Filomena.

Pese a las evidencias materiales, a los testigos y a su huida intempestiva de la ciudad, los tribunales locales lo blindaron. La jueza a cargo levantó la orden de arraigo y dictó el sobreseimiento. Años más tarde, en 1990, este intocable tuvo el cinismo de regresar a caminar por las calles tocopillanas. Ahora conducía un Volkswagen azul. La impunidad fue tal que incluso visitó, de manera solitaria y sigilosa, la animita de Claudia Andrea en Cerro Alegre, en lo que Galaz-Mandakovic califica como un “ritual criminal” y una “provocación silenciosa a la comunidad que aún cargaba con las huellas del trauma y la impunidad”.

Fue retenido brevemente, pero el sistema volvió a soltarlo. De nuevo estaba a salvo de cualquier condena terrenal.

Galaz-Mandakovic estuvo más de un año investigando y recopilando información para el libro.

Verdad, justicia

Hoy, el libro busca devolver la identidad a Claudia Andrea y María Filomena. “No me interesa que queden reducidas a ‘víctimas’ dentro de un expediente. Por eso reconstruyo sus vidas, sus juegos, sus afectos”, comenta su autor.

Sus familias enfrentaron el rechazo de un sistema hermético que destruyó linajes en un dolor sin consuelo legal. Ante la falta de justicia oficial, los vecinos y vecinas levantaron animitas en los sitios de los hallazgos. “Allí donde el Estado no entregó verdad ni justicia, la comunidad levantó sus propios espacios de recuerdo. Representan el rechazo al olvido impuesto y la sacralización de dos niñas que el Estado abandonó”.

Memoria

Anochece en el puerto y las sombras cubren las quebradas. Los cerros no son solo accidentes geográficos, también guardan la memoria que el Estado nunca protegió.

Para el autor, el mensaje del territorio es ineludible: “Si hablaran, lo que estos cerros dirían es que el tiempo no borra los recuerdos y que mientras no haya una verdad asumida, seguirán siendo testigos de una herida abierta”.

El viento de la tarde sigue levantando polvo en Cerro Alegre. Abajo, el mar golpea las rocas y las cumbres tocopillanas miran la ciudad desde las alturas y nos recuerdan que ninguna impunidad logra silenciar la exigencia de justicia de un pueblo que se niega a olvidar a Claudia Andrea y María Filomena. Ellas, cuya vida fue cegada en plena infancia, están y estarán presentes… Ahora y siempre.


Artículo originalmente publicado el 11 de abril de 2026 en el diario La Estrella de Antofagasta por Javier Andronico Cangana.